Por: Damary Santos Francisco

No es lo mismo la información que el conocimiento; quien se informa no necesariamente conoce.

¿Qué es conocer? El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española incluye entre las acepciones de este verbo las siguientes: averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidad y relaciones de las cosas; entender, advertir, saber percibir la distinción entre las cosas. Por tanto, para conocer la información es necesario comprenderla. Esto es preciso considerarlo porque hoy día vivimos en la llamada Era de la Información, la Era Digital, pero también se le denomina la Era del Conocimiento, como si la información implicara el conocimiento per se.

Lo que sí supone este periodo histórico es la posibilidad de acceder a múltiples materiales de lectura, ya que ésta es una de las fuentes de información por excelencia. Como lo explica Moreno Bayona (2009): “la lectura es la forma de acceso más importante a los conceptos y significados que la información, en diversos lenguajes, transmite. La lectura es la pieza fundamental y la base sobre la que se apoyan y se construyen todos los demás saberes y conocimientos…”.

Este acceso global a la lectura hace que los contenidos lleguen directamente a los usuarios, sin las regulaciones ni las restricciones que envolvían el proceso en épocas anteriores. De manera que existe libre acceso a la información, pero la libertad conlleva la facultad de autonomía, de autogestión  y autorregulación que, en este caso, está determinado por el desarrollo de las competencias lectoras. 

Antes dije que conocer es comprender, y el ejercicio de la comprensión lectora no es otra cosa que la operatividad del pensamiento cognitivo, esto es: interpretar, analizar, asociar, clasificar, comparar, sintetizar, intuir, deducir.

La lectura conlleva distintas etapas en las que se incluyen, también, los niveles de comprensión. La habilidad de procesar todas estas fases es lo que determina la competencia lectora. Primero se decodifica, dotando de significado a los grafemas o letras por medio de un rápido reconocimiento visual, y luego se recodifica, transformando las letras en sílabas y éstas, a su vez, en palabras. A esta fase le sigue la comprensión literal: combinar el significado de varias palabras de forma apropiada para formar proposiciones, ateniéndose a la información explícita del texto.

A la concreción de las habilidades anteriores es a lo que comúnmente se llamaba saber leer. Sin embargo, la competencia no habrá sido desarrollada en su totalidad hasta aplicar los niveles restantes que son: la comprensión inferencial y la metacomprension.

La inferencia transciende lo explícito en el texto y predice a partir de lo leído. Harte, citado por Monserrat (2004) señala que leer es explicarse en un proceso de predicción en inferencia continua. La explicación se basa en el contenido que aporta el texto pero también el contexto, lo que dará como resultado el contraste de información y de ideas que, a la vez,  posibilita afirmar o rechazar las predicciones e inferencias realizadas.

Es por ello que Solé (2006) indica que “leer es un proceso activo, porque quien lee debe construir el significado del texto interactuando con éste, eso quiere decir que el significado que un escrito tiene para quien lo lee no es una réplica del significado que el autor quiso darle, sino una construcción propia…”. Así pues, el efecto cognitivo de un texto no está determinado solamente por su contenido, sino  por la experiencia vital de lector, esto es: procesos mentales y afectivos que, además, pueden condicionar la intención del ejercicio lector.

La competencia lectora se consuma con la  metacomprensión: conciencia y control que el lector tiene de su proceso de comprensión. Esta es la fase que Strang  (1965), Jenkinson (1976) y Smith (1989) llaman el nivel crítico, en el que “el lector es capaz de emitir juicios  sobre el texto leído, aceptarlo o rechazarlo, pero con argumentos. La lectura crítica tiene un carácter evaluativo, en el que interviene la formación  del lector, su criterio y conocimientos de lo leído”. Así pues, quien desarrolla este nivel  puede afirmar que sabe leer.

Ahora bien, para lograr tan altos niveles de comprensión es necesario procesar la lectura; antes, durante y después de leer. Con miras a la autonomía lectora, hago una selección de los procedimientos propuestos por Moreno Bayona (2009) para este fin:

Antes de leer:

  • Prestar atención al título: qué dice, cómo lo dice, qué sugiere.
  • Relacionar el título con el posible contenido.
  • Formular hipótesis acerca del contenido.
  • Concretar el objetivo o finalidad lectora.
  • Preguntarse cuánto sabe del texto, tema, título (identificar conocimientos previos).

Durante la lectura:

  • Formularse preguntas explícitas o inferenciales sobre el texto.
  • Revisar y conformar hipótesis.
  • Aclarar dudas del léxico y expresiones.
  • Evaluar el contenido y la forma del texto en relación con el propio conocimiento y la lógica.

Después de la lectura:

  • Volver y relacionar título y contenido.
  • Confirmar o negar hipótesis
  • Deducir ideas, intenciones.
  • Generar proyecciones prácticas.
  • Generar inferencias lógicas.
  • Resumir y sintetizar el conocimiento.
  • Generalizar el conocimiento.

Los pasos anteriores dan lugar a una lectura estratégica; éstos pueden adaptarse de acuerdo a propósitos específicos perseguidos,  ya sea la exploración rápida de un tema, la adquisición de conocimientos y estudio o el análisis crítico y profundo. Las estrategias pueden combinarse con técnicas que viabilicen la compresión, como el subrayado, el resumen, la paráfrasis, mapas conceptuales, relecturas, entre otros.

Hoy día, tanto la educación pre-universitaria como la universitaria adoptan las teorías que propicien la formación de egresados capaces de dominar todos los niveles de lectura, pero no es inusual detectar deficiencias lectoras en ambos ámbitos educativos. En la universidad las mayores lagunas suelen manifestarse en estudiantes de nuevo ingreso, aunque no se descarta la posibilidad de identificar limitaciones incluso en los profesionales. Las causas de tales debilidades responden a múltiples variables cuyo estudio podría ser objeto de otro escrito. No obstante, se evidencia la necesidad de reforzar los mecanismos que promuevan la lectura autónoma, que es el signo indiscutible del lector competente.  Esta autonomía lectora también puede propiciarse a través de procedimientos metacognitivos, interactuando con el texto sin intermediarios y autogestionando el desarrollo  de las competencias lectoras.


Referencias bibliográficas:

Gordillo Alfonso, A. y  Flórez, M. Revista Actualidades Pedagógicas N.˚ 53 / Enero – junio 2009.

Monserrat, F. E. (2004). Leer y escribir para vivir: uso inicial y uso real en la escuela. Barcelona,  España: Editorial Grao.

Moreno Bayona, V., Lectura de prensa y desarrollo de competencia lectora, España, Ministerio de Educación, 2009.

Solé, I. (2006). Estrategias de Lectura. España, Editorial Graó.