El sedante funciona.

 Después del desconcierto, la agitación y la desesperación inicial por articular las  palabras necesarias para que lo reconocieran; tumbado en el suelo, Juan de Dios, se siente adormecido. Aunque lo intenta, no logra separar sus  párpados cosidos por el cansancio vital que lo doblega, al grado de impedirle reprimir el hilo de baba que le sale de la que ya no sabría si llamar su boca.

Inmóvil, siente su cuerpo como esta inmensa jaula en la que ha despertado junto a un gigantesco elefante. En medio de su somnolencia, tratando de escapar, golpea con cada pensamiento la gruesa y dura capa de la que ahora es su piel.

─ ¿Había visto un caso tan extraño como éste?─ preguntó el cuidador de turno al veterinario que revisaba los caídos párpados de Juan.

─ Estos animales son extraordinarios, créame─ le respondió el veterinario, con voz queda, como si lo dijera para sí mismo. Había supervisado el parto de este elefante como el de otros tantos en el zoológico; pero esta cría, en particular, era totalmente distinta a todas las que podía encontrar en su registro mental.

Cuando se halló fuera del vientre de su madre y rota la placenta, el pequeño elefante blanco abrió sus inmensos ojos, comenzó a generar  una nube de polvo con su trompa y con su hocico produjo unos sonidos que por momento parecían ser balbuceos de palabras. Hasta que,  por indicación del veterinario, los guardas tuvieron que sedarlo, ya que en última instancia el recién nacido, enloquecido,  se abalanzaba contra todos los presentes.

Juan de Dios no sabe cómo, cómo ha venido a parar a este zoológico, cómo su cuerpo se ha convertido en esta densa masa de carne, por qué lo que dice se convierte en un grotesco sonido que dista mucho de ser palabra, de ser frase; de ser una oración que se escuche como él  la piensa y a su vez la pronuncia. No sabe cómo superar en un grito liberador su mudez semántica.

Su confusión y desconcierto tienen una comprensiva razón de ser, pues nuestro querido Juan, lo último que recuerda ─antes de esta traumática experiencia─ es haber estado interno en el hospital, muy aquejado de salud; tanto, que el cura del pueblo le hacía cabecera con sus rezos, y su hija estaba al pie de la cama con rostro lloroso, rosario cruzado entre manos, musitando su propia oración.

Entienda que para nuestro atribulado Juan de Dios,  las personas no reencarnan en animales. ¡No, nada que ver! Los muertos solo resucitan. Es por ello que volver a la vida como un elefante, no es algo que se supere, hasta la resurrección.


Autor

Marcos Cabrera
Poeta, narrador, pintor y educador. Nació en Puerto Plata en 1981. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y magister en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Obtuvo el tercer lugar en el renglón Poesía y una tercera mención en el renglón  Cuento en el Certamen Regional para Talleres Literarios (2018). Es miembro del taller literario Ramón Francisco.