Por: Damary Santos Francisco

Pensemos en una cosa amarilla, resplandeciente, cam­biante; esa cosa es a veces en el cielo, circular; otras veces tiene la forma de un arco, otras veces crece y decrece. Alguien —pero no sabremos nunca el nombre de ese al­guien—, nuestro antepasado, nuestro común antepasado, le dio a esa cosa el nombre de luna, distinto en distintos idiomas y diversamente feliz.

Jorge Luis Borges

Las palabras son muy poderosas; ellas definen el universo, el pensamiento y las acciones. Los individuos estamos hechos de palabras; las emociones son evocadas por palabras; los sentimientos son cimentados en palabras. Los discursos sociales, las ideologías, los paradigmas, todo está hecho de palabras.

Piensa en un vocablo, elige uno, el que desees; incluso este que estás leyendo. ¿Quién lo creó? ¿Cuándo y por qué se usó? ¿Cómo se expandió su uso? Son interrogantes de las que se desprenden innumerables consideraciones. Desde la época clásica los filósofos ya se planteaban estas cuestiones. Una de las primeras reflexiones al respecto aparece en Crátilo o de la exactitud de los nombres, diálogo del filósofo Platón (Atenas, 427 – 347 a. C.). Los personajes de esta plática —Sócrates, Hermógenes y Crátilo— reflexiona algunas preguntas: ¿De dónde surgen los nombres? ¿Qué significan? ¿Tienen alguna relación con la esencia de lo nombrado?  

En las culturas antiguas la atribución de los nombres revestía gran importancia, pues los significados de estos definían la esencia de las personas. De manera que se esperaba que los nominales fueran el reflejo de la verdad. Pero, ¿qué tan objetiva es esta idea? ¿Era realmente el nombre asignado una etiqueta natural definitoria o más bien una arbitrariedad social?  

En el diálogo, Hermógenes entendía que los nombres eran el producto de acuerdos consensuados, sujetos a cambios y a circunstancias. El planteamiento se resume en el siguiente fragmento:

 “…no puedo creer que los nombres tengan otra propiedad, que la que deben a la convención y consentimiento de los hombres Tan pronto como alguno ha dado un nombre a una cosa, me parece que tal nombre es la palabra propia; y si, cesando de servirse de ella, la reemplaza con otra, el nuevo nombre no me parece menos propio que el primero.”

Dicho de otro modo, el nombre es una decisión humana, no una imposición natural. Sin duda que esta es una aseveración que trastoca los cimientos de una concepción denominativa basada en principios naturales. Equivale a decir que las propiedades definitorias de una palabra pueden ser alteradas, sustituidas, contrarrestadas.

Hermógenes también señala  que una misma cosa posee nombres y significados diferentes en distintos lugares, por tanto, si la designación nominal fuera producto de una legislación natural y superior, las diferencias geográficas no deberían modificar el sentido de las mismas. En este orden, expresa:  

“… yo no reconozco en los nombres otra propiedad que la siguiente: puedo llamar cada cosa con el nombre que yo le he asignado; y tú con tal otro nombre, que también le has dado a tu vez. Así es que veo que en diferentes ciudades las mismas cosas tienen nombre distintos…”.

El significado de las palabras es circunstancial o contextual; son estos factores los que determinan su impacto semántico ─señala Hermógenes─.

Para verificar la posibilidad de falsar la tesis de Hermógenes, y en defensa de la teoría de Crátilo, Sócrates recurre al análisis etimológico de distintos nombres. Sugiere que estos podrían ser asignados por una entidad divina que, al ser infalible, indefectiblemente atribuye la correcta nominación. Si la designación resultara inexacta, entonces el defecto radicaría en la incompetencia del nominador. Estas mismas ideas son las que refiere Crátilo; él afirma:

“Vale mil veces más… representar las cosas mediante la imitación, que de cualquiera otra manera arbitraria… el que sabe los nombres, sabe igualmente las cosas.” Y luego agrega: “… es necesario que el que hace los nombres, los haga con conocimiento de las cosas; si este conocimiento le faltase, como ya he dicho, los nombres no serían nombres. Y lo que prueba sin réplica que el inventor de los nombres no ha caminado lejos de la verdad, es que en ese caso no existiría la concordancia que se advierte entre todos ellos.”  

De manera que la postura de Crátilo apunta a la teoría de un significado nominal por mímesis, o lo que es lo mismo, el significado como copia o representación exacta del significante.  Sócrates también argumenta en favor del análisis etimológico de las palabras y del significado que le viene dado de forma natural, con el fin de comprender sus derivadas.  Al respecto indica que “…cuando se ignora la propiedad de las palabras primitivas, no se pueden comprender las derivadas, que sólo se explican por aquéllas.”.

La tesis de Hermógenes sobre el carácter convencional de la lengua fue defendida por los sofistas de la época y, posteriormente, reafirmada por teóricos de la Lingüística. Saussure (1857-1913) asentó el postulado de que el signo lingüístico es arbitrario. El vínculo entre el significado y el significante es convencional; cada concepto recibe el nombre que han acordado las distintas comunidades de hablantes, bajo criterios que pueden o no tener fundamento naturalista.

De ambas posiciones extraemos importantes consideraciones en torno a las repercusiones conceptuales de las palabras:

  1. Que es la sociedad la que atribuye el significado a las palabras.
  2. Que estas atribuciones poseen carácter arbitrario, distintivo y variante, de acuerdo al contexto.
  3. Que la asignación de los significados compete a una autoridad.
  4. Que este significado puede permanecer o prolongarse indefinidamente.

En este punto es pertinente hacer alusión a la orientación psicolingüística de las conclusiones generadas a partir del diálogo. Las percepciones o las diferentes representaciones de la realidad están constituidas por los vocablos y sus respectivos significados. Estas denotaciones, a su vez, son connotadas por autoridades discursivas o a través de convencionalismos sociales. A raíz de estas asunciones es necesario abordar las ramificaciones reflexivas del tratado filosófico que nos ocupa, con enfoque en la dilucidación de otras interrogantes: ¿quiénes son los nominadores actuales?, ¿cuál es el efecto de sus nominaciones?

Pero no solo se trata de agentes nominadores externos; la nominación más importante es la que construye el propio individuo, pues este es quien conforma las sociedades. Entonces, cada cual necesita meditar  en torno a los usos que hace de la palabra, pero también en torno a los campos semánticos que imperan en su cotidianidad, el origen de sus significados y el impacto que provocan.


PLATÓN (360 AC). Crátilo, en Diálogos. Obra completa en 9 volúmenes. Volumen II: Gorgias. Menéxeno. Eutidemo. Menón. Crátilo. Traducción e introducción de J. L. Calvo. Madrid: Editorial Gredos, 2003, p. 358-455.