Cuatro días después de la muerte de su esposo, lo lloró por primera vez.

Él había regresado con su aire aventurero: sombrero de alas anchas, unos caquis pantalones cortos, camisa a cuadro, mochila de viaje; sus desgastados  binoculares  colgando del cuello y su barba de pensador. Antes de siquiera sentir la calidez de su piel en un abrazo de reencuentro, como era su costumbre, lo escuchó hablar, entusiasmado, de Haití y su folclor; enfáticamente del vudú.

– ¿Recuerdas que te había hablado de la muerte por vudú y de mi debate sobre esta con mis colegas de  la universidad?

– ¡Anjá!

–Pues mira, eso de que la muerte por vudú es producto de  los procesos orgánicos que una fuerte impresión emocional desencadena, ¡eso es pura teoría de bibliotecarios!

– ¡Sí!– dijo ella con un tono que, por cortesía, debía sonar a curiosidad. Antes, en gesto de apoyo, hubiese asentido sonriendo con todo su rostro. Pero le inquietaba algo que no acertaba a descifrar en la mudada figura de su esposo.

–Por mi propia experiencia le demostraré a esos retrógrados lo equivocados que están– sentenciaba el recién llegado, alargando el sonido de sus últimas palabras.

 A este le fascinaba el tema de la muerte y las creencias de aquel pueblo sobre el poder que a través de sus artes mágicas ejercían sobre esta. Le contó que para superar la distancia entre la realidad y las abstracciones asumidas como ciertas por sus detractores, esta vez, hasta se atrevió a participar en el ritual de Los tres días. Rito que difería del cuerpo astral de la gnosis   ─práctica que también había experimentado y que le había explicado a ella anteriormente– puesto que no sales de tu cuerpo al plano inmaterial o astral; sino, que te conviertes en un zombi: “en un muerto vivo”, para así vivir la experiencia de la muerte desde la muerte misma. Al cuarto día se te somete a un ritual de regresión y te vuelves a la  normalidad  –puntualizaba–. De esta última parte él no recordaba mucho, fuera de la explicación que le habían dado al iniciarse. Independientemente de este lapsus, para él toda la experiencia había sido extraordinaria. Así, cuando pretendía continuar contándole a su esposa su retahíla de argumentos de ultratumba, ella sintió un repentino escalofrío. Y un miedo, hasta entonces inconsciente, la llevó a abrazarse fuertemente al torso de este. Y lloró, al percatarse que en el frío pecho de su compañero de vida solo se escuchaba un silencio de cuatro días.  


Sobre el autor

Marcos Cabrera
Poeta, narrador, pintor y educador. Nació en Puerto Plata en 1981. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y magister en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Obtuvo el tercer lugar en el renglón Poesía y una tercera mención en el renglón  Cuento en el Certamen Regional para Talleres Literarios (2018). Es miembro del taller literario Ramón Francisco.